
Quiero poder mirarte a los ojos y no permitirme alivianar la condena que me propuse para vos en mi cabeza. Te condeno a que vivas en la realidad, a que se desquebraje paulatinamente la capa de cinismo enfermizo que no te deja sentir.
No.
Error,
error gravísimo de mi parte.
Quizas lo que deba hacer es condenarte a que nada de lo que te diga te sirva en absoluto, a que no me entiendas nunca, a que nada de mi te ayude a crecer, porque así, te estoy condenando a que me de lo mismo tu existencia, y para condenas como esas no hay fianza o libertad condicional, son penas de muerte. Y a esta altura no hay nada vivo que valga ya la pena.